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JESÚS Y LA MUJER

11 JESÚS Y LA MUJER

Jesús no tomó la postura de pensador y teórico del estudioso; hombre entre los hombres, con palabras de fuerza viva e inmediata, con sus actitudes concretas, un poco a la manera de los maestros hebreos de su tiempo. Así, Cristo no sólo puso al descubierto el problema de la naturaleza y dignidad de la mujer, de su lugar en la familia y en la sociedad para ofrecer una solución razonada, sino que su doctrina brilla más elocuente, convincente en los hechos que en las palabras. Se debe tener presente también que el ángulo desde el cual el evangelio considera a la mujer es el religioso, por el cual, por ejemplo, se afirma la igualdad de los dos sexos .desde el punto de vista de los valores supremos, haciendo posibles otras deducciones de los valores morales y sociales.

Se puede decir que el evangelio de la salvación empieza y termina con intervenciones femeninas. El primer anuncio de la venida al mundo del esperadísimo Mesías le fue dado a María de Nazareth; la primera noticia de la victoria del Crucificado sobre la muerte es comunicada a las piadosas mujeres que se llegaron al sepulcro de Cristo al amanecer del domingo. La flor y el fruto del evangelio se depositan en el temeroso corazón de la mujer.

En el tiempo y en el mundo, ya sea hebreo o pagano, en el que vivió Jesús, se hacía una clara diferencia entre los dos sexos.

Cincuenta años después de Cristo, el historiador judío Flavio Josefo, que vivió en ambiente romano, afirma, sin titubear, el pensamiento hebreo acerca de la unión matrimonial: “La mujer es inferior al hombre en todo" (Contra Apión, II 201). En realidad la historia hablaba de mujeres ilustres, que habían destacado no solamente en la familia sino también en la sociedad, así como en grandes acontecimientos de la historia y en la época evangélica existen pruebas de cierto ascenso y autonomía femeninas en el campo social, económico y político, tanto de Roma como de Grecia y Asia Menor, pero esto no impide que dentro de la legislación, la mujer fuese considerada como una perpetua menor de edad. En las plegarias de los hebreos y de otros pueblos, el hombre daba gracias a Dios por no haber nacido infiel, mujer, esclavo o ignorante; las mujeres hebreas se limitaban a agradecer al Señor por haber sido creadas "según su voluntad". Naturalmente que no hay que generalizar; por ejemplo en el judaísmo.

Se exaltan las virtudes femeninas y se pone a la mujer como sobre un pedestal. Sin gritarlo a los cuatro vientos y sin presentarse como un luchador, Jesús dice y hace cosas que representan una revolución auténtica porque remueve lugares comunes y comportamientos inveterados.

1. LAS MUJERES Y LA FANTASÍA.

Al menos para empezar, ya es significativo que, en sus deliciosas y originales parábolas, Jesús se refiere con simpatía a las mujeres y a su mundo, al contrario de lo sucedido con los demás hebreos narradores de parábolas. Se piensa en las dos estupendas amas de casa ocupadas en la labor cotidiana de preparar el pan y de la mujer preocupada por una moneda perdida y feliz de encontrarla (Lc.13, 20-21; 11, 8-10). A través de estos hechos diarios, se revela el poder transformador del Reino de Dios y el misterioso gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente. La famosa parábola de las vírgenes sabias y las vírgenes necias (Mt.25, 1-13) evoca una de las emociones femeninas más dulces y fuertes: el deber de la vigilancia en espera de la llegada de Cristo. Para enseñar el deber de orar sin jamás cansarse. Jesús nos da el ejemplo de una pobre viuda a la merced de un juez perezoso que no le hace justicia porque la mujer no le ha "roto la cabeza" con su afligida insistencia.

Jesús está acostumbrado a dedicar a la mujer, a sus problemas cotidianos, una atención afectuosa y la ennoblece haciéndola, en alguna forma, protagonista de sus enseñanzas de salvación.

2. LAS VERDADERAS MUJERES.

No sólo en los relatos irreales, como las parábolas. Jesús propone a las mujeres como ejemplo de todas, también cuando exalta la piedad y la generosidad de una viuda pobre en la confrontación con la liberalidad hipócrita de los ricos (Mc. 12, 41-44).

Las mujeres ocupan un lugar relevante en la historia de los milagros evangélicos; la suegra de Pedro es curada de una fiebre violenta (Mc. 12, 29-31), después de lo cual se puso a preparar a Jesús y a sus discípulos una digna recepción; sin pedírselo, Jesús interviene para resucitar al hijo de la viuda de Naim, movido a la piedad por el trágico dolor de una madre (Lc. 7, 11-16); una mujer afligida desde hacía doce años por una hemorragia continua es curada y su fe exaltada públicamente (Mc.5, 25-34), al igual que se alaba la fe de una mujer extranjera que con extraordinaria obstinación evoca el poder y la bondad de Cristo (Mc.7, 24-30); una mujer que desde hacía dieciocho años estaba encorvada, fue curada milagrosamente en una sinagoga porque es "hija de Abraham" (Lc.13,10-17) título que rara vez se daba entre los hebreos a una mujer.

Pero es todavía más significativo el comportamiento del "Maestro" Jesús con las mujeres. En el Talmud se lee: "Se quemará la palabra pero no se comunicará a las mujeres". Contra esta opinión prevalente y contra las rígidas reglas establecidas para las relaciones de los maestros hebreos con las mujeres, si bien a la relativa distancia que se debía mantener entre ellos, Jesús no piensa como los demás, que toda la capacidad intelectual y la sabiduría de la mujer estaba, como se solía decir, en los pies, esto es, en las labores domésticas.

Cristo ha abierto a las mujeres el Reino de los Cielos, como lo ha abierto a los hombres; y a algunas mujeres en especial les dio enseñanzas que otros habrían reservado para los hombres.

Entre los amigos íntimos de Jesús se contaban tres hermanos que habitaban en Betania; Lázaro, Marta y María, a quienes Jesús "amaba" (Jn. 11,5) y en cuya casa se albergaba cuando iba a Jerusalén con ocasión de las grandes festividades de su pueblo. Lucas muestra a Jesús hospedado en Betania y mientras Marta hace los quehaceres de la casa, María "está a sus pies" (del Maestro), escuchando su palabra. Marta protesta ante Jesús de que la hermana no la ayuda, pero Jesús toma la defensa de María, alabándola porque "ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada". También en otra ocasión Jesús defiende la sensibilidad y la profundidad espiritual de María de Betania y esto fue cuando en casa de Simón el Leproso había perfumado con una esencia de mucho precio la cabeza del Maestro. Judas Iscariote había protestado en nombre de los pobres en forma solapada e hipócrita por aquel derroche., pero Cristo le replica, y destacando la descortesía de esa intervención define de manera memorable, además de enérgica y como un presagio, el gesto de María (Jn. 12, 1-8 y paralelos).

3. LAS MUJERES DESPRECIADAS.

No se encuentra en boca de Jesús una palabra de menosprecio para las mujeres y El no estimó y defendió sólo a aquellas que merecían su intervención, no instruyó sólo mujeres que deseaban más que nada escucharlo.

Dos de las páginas más admirables y maravillosas del Evangelio y más propias para revelarnos la noticia extraordinaria, tienen como protagonistas a dos mujeres, que nadie se hubiera atrevido a presentar a Jesús. Una de esas era despreciada públicamente, "pecadora de la ciudad", y se presentó en la sala en la que Jesús se encontraba a la mesa, para darle un elocuentísimo testimonio de devoción.

El escándalo e indignación del fariseo dueño de la casa no duraron mucho porque rápidamente Jesús le obligó a reconocer su falta, en tanto que la actitud de la mujer tenía una inspiración profunda; era señal inequívoca del arrepentimiento, del amor espléndido, delicado agradecido (Lc.7, 36-50). Una "pecadora" se convierte en ejemplo y reconvención para un fariseo, esto es para un puro.

El episodio de la adúltera es todavía más célebre (Jn. 8, 1-11). Una desdichada, sorprendida en pecado, es arrastrada hacia Jesús por los escribas y fariseos porque estos pronuncian la condena la lapidación que es lo que ordena la Ley de Moisés para semejantes mujeres. A esos jueces celosísimos no les importa nada el drama de esa mujer, ellos no se apiadan de la vergüenza y la ruina moral de la infeliz: no lo hacían como un caso jurídico sino como una trampa para Jesús, el cual después de haberles recalcado su hipocresía obligándolos a reconocerse peores que la mujer; vuelve hacia ella la mirada, no para disculpar su pecado, sino para perdonarla y exhortarla a no caer más.

Por desgracia para nosotros, a una distancia de veinte siglos del Evangelio, nos falta la sensibilidad necesaria para darnos cuenta plenamente de todo lo que estas palabras y gestos de Jesús hacia las mujeres tenían de imprevisible y sorprendente; de abierta ruptura

Este es el caso también de la Samaritana (Jn. 4, 1-42), cuando los discípulos de regreso de buscar alimentos en la aldea vecina, encuentran a Jesús sentado en el pozo hablando con una mujer de Samaria,"se sorprendieron de que hablara con una mujer”.

Nuestra mentalidad sugiere rápidos pensamientos maliciosos y banales, en realidad los apóstoles se extrañaron de que Jesús, al contrario de los maestros de su época, los cuales como habíamos dicho, se negaban a enseñar a las mujeres la ciencia sagrada, hablara con una mujer, samaritana por añadidura, perteneciente a un pueblo que los hebreos consideraban hereje e incapaz de la verdadera religión. A esta mujer, que sobre todo tiene una vida no muy transparente. Jesús confía uno de los más grandes secretos de la nueva revelación: el culto que se debe rendir a Dios "en espíritu y verdad". Jesús hace todavía otra excepción con aquella mujer, revelándosele claramente como el Mesías. La extrañeza de los apóstoles era la extrañeza de cualquier persona bien intencionada de entonces.

Una de las más desconcertantes palabras de Cristo fueron reveladas a la flor del pueblo elegido, sacerdotes, fariseos y notables: "En verdad os digo: los publícanos y las prostitutas os precederán en el Reino de Dios" (Mt.21, 31-32). Se confrontaron lo mejor y lo peor según la opinión pública de aquella época y la balanza se inclina a favor de lo peor que se convierte, sin más, en lo mejor de lo mejor desde el punto de vista de un juicio evangélico, con motivo de su disponibilidad espiritual.

4. MUJERES DISCÍPULAS.

No solamente Jesús no demuestra despego y desprecio en las confrontaciones de las mujeres y las acoge, las ayuda, las instruye, las elogia, las admira, las pone como modelo, sino que ha querido a su alrededor un grupo femenino estable. Entre ellas encontramos mujeres que Cristo ha curado milagrosamente como la Magdalena, liberada de "siete diablos", esto es de una gravísima enfermedad o de una terrible obsesión diabólica o bien mujeres de alto rango como cierta Juana, esposa de un funcionario de la corte de Heredes Antipas, príncipe de Galilea (Lc.7, 1-3). Estas mujeres de Galilea atendían a Jesús y a sus discípulos, especialmente con sus recursos económicos y con Otros servicios que sólo las mujeres saben proporcionar.

Los maestros de aquel tiempo a menudo se aprovechaban de la ayuda material de mujeres devotas y Jesús los acusaba de acabar con el patrimonio de las viudas (Mc.12, 40) con su celo hipócrita e interesado.

Las mujeres de Galilea que seguían a Jesús no lo abandonaron ni siquiera en las horas trágicas del Calvario (Lc.23, 49 ss.). El hecho de su "seguir" a Cristo es por sí un elemento que califica: de hecho el verbo "seguir" se usa en el evangelio para los apóstoles e indica una adhesión permanente a Cristo y una comunión de destino y de vida con El, por consiguiente la ayuda de las mujeres no era exclusivamente un servicio material consis tente de encargarse del costo del sostenimiento de Cristo y de sus íntimos discípulos, que tenían una casa en común a la cual asistía el "ladrón" Jurdas, la que también servía para socorrer a los pobres (Jn.12, 6; 13,29).

Los cuatro Evangelios nos dan varias listas de los discípulos galileos de Jesús de los cuales surgen dos grupos distintos: el primero es el de los parientes de Cristo, encabezado por la "hermana" en realidad no se sabe el vínculo exacto de parentesco de la madre de Jesús, también llamada María, madre de Santiago el Menor y de José. De este grupo formaba igualmente parte María la de Cleofas y Salomé mujer del Zebedeo y madre de dos apóstoles: Juan, el futuro evangelista, y Santiago el Mayor. El segundo grupo, encabezado por María Magdalena, formado por una desconocida Susana y la ya citada Juana. Empero el Evangelio no hace alusión alguna a una especial inclinación de Jesús hacia esas mujeres: ellas lo seguían espontáneamente, pero su presencia constante junto a Cristo, la posibilidad que tenían de ser oyentes de la mayor parte de bus palabras, y testigos de sus milagros, autoriza a algunos estudiosos modernos dar a esas voluntarias el calificativo de "discípulas", al cual ninguna mujer hebrea de aquella época podía aspirar en el ámbito de los maestros hebreos. Recordemos lo que se dice de María de Batania, que se sentaba "a los pies" de Cristo, una actitud típica de aquellos que llevaban a cabo su propia formación en el ámbito de los maestros hebreos (ver Hechos de los Apóstoles 12, 3). También está presenté María, atenta solamente a la palabra de Cristo, abandona cualquier otro trabajo: he ahí un prototipo de las futuras vírgenes cristianas consagradas totalmente al Señor (ver San Pablo en la primera a los Corintios 7,35).

Las "discípulas" galileas de Cristo, además de no haber recibido una vocación especial, tampoco recibieron poder o mandato alguno relativo a la futura predicación, a diferencia de los Doce, pero esto no quita que ellas aparezcan en momentos bastante significativos del Evangelio. El citado historiador judeo-romano Flavio Josefo (antigüedad judaica IV, 219') escribía: "El testimonio de las mujeres no debe tener ningún valor debido a la ligereza y atrevimiento de ese sexo", pero por el contrario, los discípulos galileos de Jesús tienen una parte exacta en los últimos acontecimientos de Cristo.

Los testimonios si bien a distancia de su muerte (Mc.15, 40; Mt. 27, 55) lo son también del descendimiento de la cruz y de su entierro, observando con atención el lugar del sepulcro (Mc.15, 47; Lc. 23, 55). Fueron, pues, estas mujeres las que descubrieron primero la tumba vacía de Cristo y el Resucitado se les mostró a ellas (Mt.28, 9-10) y en especial a María Magdalena, a la cual confía el encargo de transmitir a los apóstoles el mensaje de Su resurrección y de Su nueva condición gloriosa. Por este motivo los escritores cristianos definen a la Magd alena "apóstol de los apóstoles" "evangelista y embajadora de Cristo". El relato de la aparición de Cristo a la Magdalena (Jn.20, 11-18) se cuenta entre las páginas psicológicamente más vivas de los Evangelios y entre las más bellas que hayan sido escritas desde que el hombre empezó a escribir.

5. MATRIMONIO.

Ya San Pablo, en la primera carta a los Corintios (7, 10-11), es crita en 56-57, por lo tanto anterior a los Evangelios actuales, está en condiciones de referirse a una enseñanza de Cristo acerca del matrimonio: "A los desposados ordeno, no yo, sino el Señor: la mujer no se separe del marido y si acaso se separa, permanezca sin casarse o se reconcilie con el marido y el marido no repudie a la mujer". Por consiguiente, el apóstol admite sólo el caso de una separación entre los cónyuges, pero no de un nuevo matrimonio, basándose en la doctrina del Señor, esto es de Jesús, que se declara firmemente en favor de la indisolubilidad del matrimonio en el Evangelio de Marcos (10, 1-2) y de Lucas (16,10). Solamente el evangelio de Mateo (5, 31-32; 19, 1-9) parece introducir una excepción que concedería el divorcio y que en el texto original griego se expresa con el término porneia traducido en diferente forma (concubinato, adulterio). Del conjunto de los textos del Nuevo Testamento y del mismo Mateo, también aparece claro que en realidad Cristo no prevée ninguna excepción, de otra manera no regirían las afirmaciones de Su voluntad, de llevar la institución el matrimonio a la pureza y al rigor que tenían en las intenciones de Dios, con el fin de dar origen a la humanidad. Por esto, muchos estudiosos piensan que la supuesta excepción se refiere más bien a la separación de los cónyuges en el sentido en el que lo dice San Pablo y no en la verdadera y efectiva disolución del matrimonio. De la tradición histórica y del examen interno del primer Evangelio, resulta que Mateo está especialmente interesado en la problemática de los judíos palestinos, cuyos doctores discutían acerca del significado de la "cosa impúdica" en el fondo la "porneia" de Mateo la cual, según la Ley de Moisés, era suficiente motivo de divorcio. En este orden de ideas se pone de manifiesto que lo correspondiente en hebreo del griego "porneia" indicaba unión conyugal ilegitima tanto contra la Ley (Levítico 18, 7-10) como contra la costumbre; entonces, si Jesús hace una excepción se refiere a matrimonios solamente aparentes, a uniones ilegales. Los evangelistas Marcos y Lucas, y también San Pablo, al escribir para las comunidades de los cristianos convertidos del paganismo, omiten la "excepción" de Mateo incomprensible para sus lectores.

De hecho está la voluntad de Jesús de abolir el divorcio que toleraba la Ley de Moisés, procurando limitar las consecuencias desfavorables a la mujer; así la declaración de Jesús acerca del divorcio, es el único caso en el cual, en los Evangelios, Jesús abole explícitamente una ley positiva del Antiguo Testamento (Mt.5, 22).

En realidad no se trata de una ley opuesta a otra que se abroga, sino de establecer un principio fundado en la voluntad de Dios declarada realmente por el Hijo y de observar en un nuevo orden de cosas el Evangelio, ni más ni menos en el cual no existían solamente mandamientos, sino con la gracia divina, se estaba en condiciones de observarlos en virtud de un nuevo dinamismo interior (ver segunda a los Corintios 3, 6; a los Romanos 8, 2). Por esto es la incapacidad para comprender y seguir la voluntad divina, que en el Antiguo Testamento había hecho tolerar no es exacto hablar de permitir el divorcio.

6. LA "MUJER".

En conclusión, en la doctrina y en la práctica del Evangelio, la mujer tiene un lugar especial, ni inferior ni igual al del hombre, sino suyo propio en el cual se manifiesta su naturaleza y se respeta al máximo su dignidad. Esa puede ser finalmente, en la medida más exacta, en la gloria más pura, en la responsabilidad más precisa, la compañera que Dios quiso para el hombre (Gen. 2, 18).

Al considerar a la mujer en el Evangelio, no se puede prescindir de una referencia a María, la "Mujer" de quien nació Jesús (a los Gal. 4, 4) que inicia las páginas más bellas del Evangelio (Jn. 2, 4) que reina debajo de la Cruz del Hijo (Jn. 19, 26) que resplandece en las visiones del Apocalipsis (12, 1). Virgen y a la vez Madre del Hijo de Dios, presentísima en las realidades terrenas con el mismo conocimiento con el cual penetra en los misterios de Dios; sin igual, por las gracias y los privilegios con los que fue colmada y grandísima por la fe que le permite vivir en el corazón de los misterios sublimes sin descuidar sus obligaciones cotidianas ni las responsabilidades propias de cualquier mujer. Sobre el abismo de la grandeza secreta y manifiesta de María, la Mujer por excelencia, se nos muestra a los ojos de la fe con extraordinaria emoción. Entre todas las criaturas humanas, la humanidad no tiene nada mejor que pueda venerar o amar.

 
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