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N ANGEL PRECURSOR PREPARA A LOS TRES PASTORCITOS.

UN ANGEL PRECURSOR PREPARA A LOS TRES PASTORCITOS.

Primera aparición: «Soy el Angel de la Paz».

En el verano de 1916, en la semicueva del Cabeço.«Soy el Angel de la Paz», les saludó, y después rezó con ellos: «Dios mio, creo, adoro, espero y te amo. Te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan, no te aman».

Me parece, dice Lucía, que el ángel se nos apareció por primera vez, en la primavera de 1916, en nuestra Loca de Cabeço. Subimos la pendiente en busca de abrigo, y después de merendar y rezar allí, comenzamos viendo sobre los árboles que se extendían en dirección al oriente, una luz más blanca que la nieve, en forma de un joven transparente más brillante que un cristal herido por los rayos del sol. Estábamos sorprendidos y medio absortos. No decíamos ni una sola palabra. Al llegar junto a nosotros, dijo:—¡No temáis! Soy el Angel de la paz. Orad conmigo. Y arrodillándose en tierra inclinó la frente hasta el suelo. Le imitamos y repetimos las palabras que le oímos pronunciar: —Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo. Te pido perdón por los que no creen, no adoran no esperan y no te aman. Después de repetir esto por tres veces, se levantó y dijo: -¡Orad así! Los Corazones de Jesús y de María están atentos a la voz de vuestras súplicas. Y desapareció. La atmósfera de lo sobrenatural que nos envolvía, era tan intensa que casi no nos dábamos cuenta de la propia existencia, permaneciendo en la posición en que el ángel nos había dejado, repitiendo siempre la misma oración. La presencia de Dios se sentía tan inmensa e íntima que no nos atrevíamos a hablar. El día siguiente todavía sentíamos el espíritu envuelto en esa atmósfera que sólo muy lentamente fue desapareciendo.

LOS PEQUEÑOS

Fátima, 1917. Cristo quiere enviar a su Madre para dar un mensaje al mundo. ¿Quién lo recibirá? El plan de Dios sobre los hombres no ha variado: «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y discretos y las revelaste a los pequeñuelos» (Mt 11,25). Lucía, la mayor, diez años, es la última de los seis hijos de Antonio y Maria Rosa dos Santos. Francisco, primo de Lucía, nueve años, es hijo de Pedro Marto y Olimpia de Jesús. Jacinta, siete años, hermana de Francisco, son los más pequeños de once hermanos. No son santos de leyenda: en su nacimiento ni hubo voces ni señales misteriosas, ni amor a la soledad, ni seriedad impropia de la niñez. Niños sanos y robustos, crecidos en el campo, eran poco inclinados a visiones enfermizas. Tímidos y alegres, como hijos del pueblo humilde. Ninguno de los tres sabía leer ni escribir. Carecen de malicia, son puros y sencillos de corazón. Con la franqueza y la confianza de la niñez: «¿De qué país es usted?», le preguntarán a la visión celeste. Obedientes y amantes de sus padres: sólo una fuerza sobrenatural podrá atraer a Lucía hacia el prado de las apariciones, contra la prohibición de su madre. Tienen sus defectos. Como todos los niños, son naturalmente inclinados al egoísmo y a la comodidad. Ninguno de ellos ha nacido santo. Francisco revela siempre un carácter varonil, muy fuerte, en ocasiones violento. Jacinta, la pequeña de la casa, está acostumbrada a los mimos y pequeños caprichos de niña consentida. Fátima, domingo 13 de mayo de 1917

Damos un salto hacia atrás en el tiempo: nos situamos en el día 13 de mayo de 1917, seis meses antes de que Lenin asaltase el poder en Rusia. La Primera Guerra Mundial llevaba tres años matando gente, la recién inventada ametralladora liquidaba fácilmente quince mil hombres en una tarde. Europa se desangraba. Portugal también estaba en la guerra, ya había portugueses mutilados (ciegos, o cojos) en Aljustrel, el asentamiento más cercano a Fátima, en el cual vivían tres pastorcillos: Lucia dos Santos, de 10 años; y sus primos Francisco Marto, de 9, y Jacinta Marto, de 7. La primera –Lucia- era prima hermana de los otros dos.

Los tres ayudaban a su familia llevando las ovejas a pastar a los prados familiares. Cuando estaban pastoreando sus ovejas en Cova da Iria (“valle de Santa Irene”, traducido libremente) y el sol estaba en su cenit, una luz repentina les iluminó, como el estallido de un relámpago. Con temor, supusieron que venía tormenta, reunieron las ovejas y se encaminaron hacia casa. Al pasar delante de una encina, les sorprendió otro relámpago, más brillante que el primero. Enmudecieron y aceleraron el paso. Pero avanzaron sólo tres o cuatro metros cuando una intensa claridad los rodeó y encegueció. Los tres miraron a la derecha, y ante ellos, sobre el arbusto, en el centro de una gran aureola de luz que les alcanzaba, vieron a una hermosa Señora más resplandeciente que el sol.

Se asustaron e intentaron huir, pero el gesto maternal y la dulce palabra de la Señora les detuvo:

- No temáis, no quiero haceros ningún daño.

En el éxtasis que vivían los niños, vieron a la Señora, que les pareció de unos dieciocho años. Vestía una túnica blanca como la nieve, que la envolvía hasta los pies. Un cordón dorado ajustaba la túnica en la cintura, y caía hasta el talle. Un velo blanco, con bordes de fino galón de oro, cubría su cabeza y sus hombros, y llegaba casi hasta el final del vestido.

Su cara, infinitamente delicada, brillaba como un sol. Sonreía con cariño, pero con sonrisa ligeramente velada por una sombra de tristeza. Sus manos estaban juntas sobre el pecho. Miraba dulcemente con sus ojos negros; en el brazo derecho tenía un rosario blanco, con cuentas brillantes como perlas. El rosario tenía una crucecita de plata, también brillante. Sus pies sonrosados estaban descalzos, sobre una nube de armiño, que rozaba las ramas de la encina.

-¿De dónde es Usted?, preguntó Lucia.

-Soy del Cielo.

La mano de la Señora señaló el firmamento azul.

-¿Qué desea de nosotros?

-Vengo a pedirles que nos encontremos aquí seis veces seguidas a esta misma hora, el día 13 de cada mes. En octubre les diré quién soy y qué quiero.

-¿Viene del Cielo..? ¿Iré yo al Cielo?

-Sí, tú irás.

-¿Y Jacinta?

-También.

-¿Y Francisco?

La Señora miró al niño con bondadosa compasión maternal:

-También irá. El tiene que rezar antes muchos rosarios.

Lucia se acordó de dos amigas suyas, que iban a aprender a tejer a su casa, y que acababan de morir. Preguntó a la Señora:

-¿Está María de las Nieves en el Cielo?

-Sí, está.

-¿Y Amelia?, interrogó de nuevo Lucia, pensando en su otra amiga, de unos 19 años.

-Pues estará en el purgatorio hasta el fin del mundo, dijo la Virgen, y añadió:

-¿Queréis ofrecer a Dios sacrificios y aceptar todos los sufrimientos que El les envíe en reparación de los tan numerosos pecados que ofenden a su Divina Majestad? ¿Quieren sufrir para obtener la conversión de los pecadores, para reparar las blasfemias, así como también todas las ofensas hechas al Inmaculado Corazón de María?

-Sí, queremos.

La Señora hizo un gesto de complacencia por la generosidad de los niños, que Lucia había expresado por los tres.

-Vais, pues, a sufrir mucho, pero la gracia de Dios os confortará siempre.

La Señora dijo estas palabras con las manos juntas, como las tuvo en todo este diálogo. Las separó en este instante, haciendo brotar hacia los videntes una luz misteriosa. Lucia lo contará después diciendo:

-Penetrándonos hasta lo más profundo del alma, hizo que nos viésemos a nosotros mismos en Dios, quien es esta misma Luz, con más claridad que si nos hubiésemos visto en el más terso de los espejos.

En ese momento, movidos por un irresistible impulso, los tres niños cayeron de rodillas recitando:

-¡Oh, Santísima Trinidad, yo te adoro...! ¡Dios mío, Dios mío, yo te amo...!

La Señora les dijo:

-Rezad el rosario todos los días, a fin de obtener la paz para el mundo y el fin de la guerra.

-¿Podrá decirme si la guerra durará mucho o si terminará pronto?

-No te lo puedo decir aún, mientras no te haya dicho también qué es lo que quiero.

En, seguida la Señora se fue hacia el Este, sin mover los pies, desplazándose "toda de una pieza", en expresión de Lucia, que ha contado después que "la luz que circundaba a Santa María parecía abrirle paso a través de los astros, motivo por el que algunas veces decíamos que vimos abrirse el cielo".

Estaban felices los tres pastorcitos: Lucía había visto a la Señora, la había escuchado y había hablado con Ella. Jacinta la había visto y escuchado. Francisco sólo la había visto, pero Lucia le reprodujo inmediatamente después todo el diálogo, fielmente.

Francisco, una vez escuchado el relato íntegro, se acordó de las ovejas. Descubrieron que se habían ido a un campo de arvejas, de propiedad ajena. Los pastorcitos corrieron a sacarlas de allí y Lucia comentó:

-Por fortuna, no se ve ninguna arveja comida.

Jacinta opinó:

-¡Oh, qué Señora tan hermosa! ¡Qué Señora tan hermosa!

Lucía le advirtió:

-Al menos no se lo cuentes a todo el mundo.

-¡No diré nada! ¡No tengas miedo!

Los buenos propósitos de Jacinta se quedaron en eso, porque al llegar a casa no pudo evitar contárselo todo a la señora Olimpia, su mamá, y al día siguiente lo sabía todo el pueblo. Las befas fueron frecuentes para los tres videntes y sus familias, los problemas prometían ir a más, hasta el párroco de Fátima estaba muy nervioso y sin querer les hizo la vida difícil, especialmente a Lucia, cuyos padres no la creían y la trataban como mentirosa.

TRECE DE JUNIO A TRECE DE SEPTIEMBRE DE 1917

Los días 13 de esos meses la Señora se presentó en Cova da Iria y dio señales para todos de que estaba allí.

Una revelación que hizo el trece de julio de 1917 sobre el infierno, los errores de Rusia, la próxima guerra europea (la segunda), y otros vaticinios importantes le otorgan mayor relieve.

Ese día había mucho entusiasmo en el pueblo para ir a Cova da Iria, pero el ánimo de Lucia estaba decaído: había dudado si ir o no a la aparición, pues el párroco había dicho que todo podría ser una comedia del demonio. Al fin ella había decidido ir a la Cova da Iria, tal vez porque Francisco y Jacinta, sus primos, toda la noche anterior habían estado rezando para que Lucia no faltara.

Casa donde vivieron Francisco y Jacinta. Año 1917

Felices, los tres niños se encaminaron a la Cova da Iria.

Habían ido, además, unas cinco mil personas. Olimpia y María Rosa, madres de los videntes, esta vez fueron juntas a la cita mariana. Seguían de lejos a sus hijos. Como las veces anteriores, luego del relámpago y de la luz intensa de una aureola, la Aparición se presentó sólo a los tres niños.

Lucia pidió que todos se arrodillaran y cerrasen los paraguas que estaban siendo utilizados de sombrillas. Todos acataron la indicación.

Lucia no se decidía a hablar pero Jacinta le animó:

-Lucia, habla, ¿no ves que Ella está aquí y quiere hablar contigo?

-¿Qué quieres de mí, Señora?, le preguntó por fin Lucia.

-Deseo que volváis el 13 del próximo mes. Rezad el rosario todos los días con la intención de obtener el fin de la guerra. Sólo Nuestra Señora puede alcanzar esta gracia a los hombres.

Lucia quería disipar sus dudas y pidió el nombre de la Aparición, y solicitó también algún milagro como prueba de la presencia de la Señora.

- Venid aquí todos los meses. En octubre yo os diré quién soy y lo que deseo y haré un gran milagro para que todo el mundo pueda creeros.

-Señora, tengo aún muchas cosas que pedirle. ¿No querrá curar al tullido . . ., convertir a la familia... llevar al Cielo al enfermo...

Santa María contestó que no curaría al tullido, pero que él podría valerse y ganarse la vida y que debía rezar todos los días el rosario con su familia. Que no perdiera la paciencia. Ella sabía mejor que él el momento conveniente para venir a buscarle. Los demás obtendrían sus gracias durante el año, pero deberían rezar el rosario.

Lucia se alegró por las noticias buenas para el tullido, que era Joâo, hijo de María de Carreira. Y dijo entonces en voz alta:

-Sí, ella quiere que se rece el rosario ¡Qué se rece el rosario!

Y la Señora, "como para reanimar mi enfriado fervor", dirá más tarde Lucia, añadió:

-Sacrifíquense por los pecadores y digan con frecuencia, especialmente al practicar algún sacrificio: ¡Oh, Jesús, te ofrezco este sacrificio por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación de los pecados que tanto ofenden al Inmaculado Corazón de María!

Terminadas de decir estas palabras, Nuestra Señora separó las manos como las veces anteriores y el haz de luz se proyectó hacia la tierra. Los tres niños se vieron dentro de un gran mar de fuego. Dentro de este mar estaban sumergidos, negros y ardientes, los demonios y al-mas en forma humana, semejantes a brasas transparentes. Sostenidas en el aire por la llamas, caían por todas partes, igual que las chispas en los grandes incendios, sin peso ni equilibrio, entre grandes gritos y aullidos de dolor y de desesperación que hacen temblar de espanto. Los demonios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, más transparentes que negros tizones en brasa.

Los niños lanzaron suspiros de pena y sus rostros mostraban una tristeza profunda. Lucía, completamente pálida, exclamó:

-¡Ay, Virgen Santa...! ¡Ay Virgen Santa...!

Los espectadores notaron las reacciones de los niños, y vieron la nubecilla que el señor Marto describirá después:

-Vi una nubecilla cenicienta que se detenía sobre el arbusto. El sol se amortiguó y empezó a soplar un airecito fresco que refrigeraba. Nadie hubiese dicho que estábamos en lo más fuerte del verano. La gente permanecía muda, sin salir de su asombro. Y entonces empecé a oír un murmullo, un zumbido, como un moscardón en un cántaro vacío. Pero, palabra... ninguna..

A cada movimiento de la gente, Olimpia y María Rosa, en gran tensión nerviosa temblaban de miedo por sus hijos y por todo lo que pasaba.

Lucia, refiriéndose a la visión del Infierno, ha comentando mucho después:

-Tuvimos que agradecer anticipadamente a nuestra cariñosa Madre del cielo que nos hubiese adelantado la noticia de que nos conduciría al paraíso. De otra suerte, creo que hubiésemos muerto de miedo.

Los niños buscaron socorro en la mirada dulce de la Señora, que les hablaba con ternura y tristeza:

-Han visto el Infierno, donde van a terminar las almas de los pobres pecadores. Para que puedan ir al Cielo, el Salvador quiere instituir en el mundo la devoción de mi Corazón Inmaculado. Si se hace lo que yo les diré, muchas almas se salvarán y se tendrá la paz. La guerra va hacia el fin; pero si no se cesa de ofender al Señor, bajo el reinado de Pio XI comenzará otra peor.

Lucia grababa cada una de las palabras de la Virgen en la memoria. Sabía que la guerra, comenzada en 1914, llevaba tres años ensangrentando Europa. Aunque Portugal no había participado de lleno en ella, sí había enviado soldados, y en el pueblo, lógicamente, se hablaba continuamente de ella. No había oído hablar, en cambio, de Pío XI. No sabía si era un rey, un papa o un personaje de otro tipo. Pero la Virgen María no había terminado su mensaje.

-Cuando vean una noche iluminada por una luz desconocida, sepan que es la gran señal que Dios les da de que está próximo el castigo de los crímenes del mundo por la guerra, el hambre y las persecuciones contra la Iglesia y contra el Santo Padre. Para impedir eso vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Corazón Inmaculado y la comunión reparadora de los primeros sábados. Si se escuchan mis peticiones, Rusia se convertirá y se tendrá la paz. Si no, ella propagará sus errores por el mundo, provocando guerras y persecuciones contra la Iglesia; muchos buenos serán martirizados. El Santo Padre tendrá mucho que sufrir; algunas naciones serán aniquiladas. En Portugal el dogma de la fe se conservará siempre.

Lucia escuchaba absorta, Jacinta guardaba también cada palabra del mensaje. Cuando, años después, Lucia cuente el suceso, hará referencia a que nunca había oído hasta entonces la palabra "Rusia". Pensó que era una mujer pecadora pública que había que rescatar del pecado.

El mensaje sobrenatural de la Madre del Cielo a la humanidad continuó y fue escuchado por las dos niñas. El niño sólo la vio, aunque ellas le contaron luego todo lo dicho. La Virgen María, después de haberles citado para el siguiente día 13, de haberles pedido que rezaran el rosario para obtener el fin de la guerra, de prometerles decir en octubre quién era y lo que deseaba, de ofrecerles hacer entonces un gran milagro para que todos creyeran, de pedirles sacrificios por los pecadores, de enseñarles la oración de desagravio al Inmaculado Corazón de María, de mostrarles los horrores del Infierno, de anunciarles el signo de una luz desconocida en la noche que indicaría un nuevo castigo del Cielo, de solicitar la consagración de Rusia a su Corazón Inmaculado y la comunión reparadora de los primeros sábados, y de profetizar la conversión de Rusia, la guerra y la paz, la destrucción de países, la persecución y el martirio en la Iglesia y el sufrimiento del Santo Padre, después de todo ello, añadió:

Parroquia de Fátima, donde los tres pastorcillos fueron bautizados, acudían a la Misa Dominical, a rezar y a la catequesis.

Es el Tercer Secreto. Es parte sustancial del famoso mensaje de Fátima. El mensaje del destino de la humanidad. Ha sido el secreto mejor guardado del mundo. Pero Juan Pablo II sí pudo saber qué decía el secreto, como veremos más adelante.

Lucia escribió este secreto años después, guardando lo escrito en sobre sellado, confiado al obispo de Leiria, ya muerto. El sobre fue a parar al Cardenal Patriarca de Lisboa. De ahí, a la Ciudad del Vaticano. Lo guardó el Papa Pío XII. El sobre decía: "para abrirse en 1960". Ese año, ocupaba la silla de Pedro el Papa Juan XXIII. Luego vendrían los papas Paulo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II. Si ellos conocieron el secreto, no lo publicaron, y ha permanecido oculto muchos años.

Pero regresamos a 13 de julio de 1917 en Fátima. Nuestra Señora siguió diciendo a Lucia, Jacinta y Francisco:

-Pero finalmente mi Corazón Inmaculado triunfará, Rusia será consagrada y se convertirá, y un tiempo de paz será dado al mundo. No digan esto a nadie, a Francisco pueden decírselo.

Pasaron unos momentos y la Señora tomó de nuevo la palabra:

-Cuando recéis el rosario, al final de cada decena, decid: ¡Oh, Jesús mío! Perdónanos, líbranos del fuego del Infierno; lleva al Cielo a todas las almas y socorre principalmente a las más necesitadas.

-¿Quieres algo más de mí?, pregunta Lucia.

-No, no quiero nada más por hoy.

La temperatura, que había descendido, volvió a su estado normal de calor veraniego, la luz también se normalizó, se escuchó una especie de trueno, y la Visión se alejó como las veces anteriores. Lucia, que había estado de rodillas, se paró, comentando:

-¡Se va... ! ¡Ya no se ve!

Manuel Pedro se apresuró a tomar en brazos a su hija Jacinta, que fue abordada por la muchedumbre. Una persona impertinente preguntó a la niña:

-¿Qué ha dicho la Señora?

-Nos ha dicho ciertas cosas para nosotros.

Un curioso, a su vez, interrogó a Lucia, viéndola seria:

-¿Por qué estás tan triste?

-La Señora nos ha comunicado un secreto, pero no lo podemos decir.

-¿Bueno o malo?

-Es para bien de nosotros tres.

-¿Y para el pueblo?

-Para algunos es bueno, para otros, malo.

Y al relatar la aparición de ese día, Lucia ha dicho años después:

-Gracias al Cielo, esta nueva visita disipó todas las tinieblas de mi alma y volví a encontrar la paz.

El trece de agosto, los niños no pudieron estar en Cova da Iria. El alcalde francmasón de Vila Nova, del cual dependía Aljustrel, secuestró a los niños y trató de hacerles revelar el secreto que les había confiado la Señora. Los niños se portaron como héroes, sobre todo cuando fueron amenazados de ser quemados vivos si no revelaban el secreto.

En Cova da Iria, a las doce, un trueno retumbó sobre la tierra y un relámpago sorprendió a los presentes, mientras la nubecilla que había sido vista en anteriores apariciones se posó otra vez sobre la encina durante unos diez minutos. La gente gritó:

-¡La Virgen! ¡Debe ser la Virgen! ¡Nuestra Señora se ha manifestado!

Nadie vio a la Señora, pero los hechos que ocurrieron en las apariciones anteriores se repitieron, y eso fue suficiente para que la gente interpretara que la Señora había acudido a la cita. Todos lamentaron que los niños no estuvieran, y la indignación contra el arbitrario alcalde se hizo tremenda.

El 15 de agosto, fiesta de la Asunción de Nuestra Señora a los cielos, el alcalde había terminado por convencerse de que los niños no le dirían el secreto de la Señora, cuyas apariciones, por otra parte, negaba. Así las cosas, terminó por llevar los tres niños a la casa parroquial de Fátima. Así se hizo y cuando llegaron el párroco estaba celebrando la Santa Misa, en la iglesia llena de gente.

Hubo un buen grupo que quiso hacer pagar al alcalde sus maldades, y Manuel, padre de Francisco y Jacinta, resolvió la situación invitando al alcalde a tomar un trago en la taberna. El alcalde aceptó.

El domingo 19 de agosto, por la tarde, los pastorcitos fueron con sus ovejas a un lugar llamado Os Valinhos, los Vallecitos, cerca de Aljustrel. Allí se les apareció la Señora.

Después de dos relámpagos, y sobre una encina algo más grande que la de la Cova, descendió una vez más nuestra Señora. Esta vez no la esperaban.

-¿Qué quiere Usted de mí?, preguntó Lucia.

-Quiero decirles que sigan yendo a Cova da Iria todos los días 13 hasta octubre, y que sigan rezando el rosario cada día.

Lucia pidió un milagro. La Virgen le respondió:

-Sí, el último mes haré un milagro para que todos crean. Si no les hubieran llevado a Vila Nova, el milagro habría sido más grandioso.

Después de responder a unas preguntas de Lucia, la Virgen les dijo:

-Recen, recen mucho y hagan sacrificios por los pecadores, pues muchas almas van al In-fierno porque no hay nadie que se sacrifique ni ruegue por ellas.

La Virgen desapareció, mientras Lucia gritaba:

-¡Se va! ¡Mira, Jacinta!

Los pastores volvieron al caserío. Al pasar por la casa de Lucia, Jacinta y Francisco dijeron a María Rosa (madre de Lucia):

-Tía, hemos vuelto a ver a la Santísima Virgen.

-No hacen sino ver a la Santísima Virgen, mentirositos, replicó ella.

-Mira, tía, la Señora tenía un pie sobre esta ramita, y el otro sobre esta otra ramita. Y Jacinta dio las dos ramitas a su tía. María Rosa tomó las ramas, que Francisco había arrancado en la encina, y todos los presentes respiraron un delicioso perfume que embalsamó el caserío por unos momentos. Los padres de Lucia, desde entonces, comenzaron a comprender que su hija no mentía y que todo era verdad.

El día 13 de septiembre, a las diez de la mañana, la Cova da Iria estaba colmada con una multitud de veinticinco a treinta mil personas. Todos rezaban el santo rosario: pobres y ricos, instruidos e ignorantes, unidos en la misma devoción mariana. Muchos luchaban por acercarse a Lucia, a Jacinta, a Francisco.

-Pidan por mi hijo lisiado... que regrese del frente de guerra mi marido ... que vea mi hijo ciego... rueguen por un pecador empedernido... gritaba la gente sin disimulo, mientras los niños trataban de escuchar y retener los pedidos. La gente se amontonaba al lado de los niños.

Lucia ha guardado vivo recuerdo de este momento:

-Allí aparecían todas las miserias de la pobre humanidad y algunos gritaban subidos en los árboles y en las tapias con el fin de vernos pasar. Diciendo a unos que sí, dando la mano a otros para ayudarles a levantarse del polvo de la tierra, allá íbamos andando gracias a algunos caballeros que nos abrían camino entre la muchedumbre. Ahora, cuando leo estas escenas encantadoras del Nuevo Testamento, del paso de Nuestro Señor por Palestina, pienso en nuestros pobres caminos y sendas de Aljustrel, Fátima y Cova da Iria, y doy gracias a Dios ofreciéndole la fe de nuestra buena gente portuguesa. Y pienso que si ellos podían humillarse como lo hicieron ante tres pobres niños, sólo porque eran agraciados de hablar a la Madre de Dios ¿qué no harían si pudieran ver a Nuestro Señor mismo en persona delante de ellos?

La aparición tuvo lugar en forma parecida a las anteriores. La Virgen alabó los sacrificios de los pastorcillos. Pero les dijo que dejaran de usar el cilicio de cuerda que tenían puesto todo el día. Pidió que rezasen el rosario para obtener el fin de la guerra.

Los pequeños prodigios –truenos, cambio de clima, movimientos de la carrasca, y nubecillas hermosas- que vieron todos o bastantes de los asistentes, enfervorizaron a la muchedumbre. Ya no quedaban muchos escépticos en Portugal. Las curaciones pedidas por Lucia fueron atendidas, y también respondió cuando se le pidió qué hacer con el dinero que espontáneamente habían dado para el culto y que guardó la señora María, del caserío de Moita.

TRECE DE OCTUBRE, LA DANZA DEL SOL

A primeros de octubre, Portugal entero hablaba de las apariciones de la Virgen María en Fátima. Los peregrinos acudían de todo el país, llenando la carretera de Aljustrel, y rezaban en la Cova da Iria. Ya eran muchos miles los testigos de los fenómenos que acompañaban la venida de la Señora para hablar con los niños.

Era tal el interés de curiosos, periodistas, clérigos, y hasta médicos y personalidades de fama, por interrogar a los pastorcitos, que pese a las anteriores negativas, esta vez aceptaron una oferta de pasar unos días fuera del caserío de Aljustrel.

Llegó el 13 de octubre. En casa de Lucia, los amigos aconsejaron a los padres que no fueran ese día a la Cova da Iria, pero ellos decidieron acompañar a sus hijos pasara lo que pasara. Pero, por si acaso, se habían confesado el día anterior.

Desde temprano, y pese a la insistente lluvia, unas setenta mil personas se apretujaban en Cova da Iria para ubicarse lo más cerca posible de la encina en la que solía aparecerse la Virgen, cuando los tres pastorcitos, vestidos de fiesta, se acercaron a eso de mediodía, para esperar a la Señora.

Lucia gritó:

-¡Un relámpago! ¡Ya está aquí!

-Mira bien, hija mía. Ten cuidado de no engañarte, le sopló al oído su madre temerosa.

El rostro sereno de la niña, concentrada en la Visión, se tornó más hermoso, sonrosado, en éxtasis. Francisco y Jacinta, al lado, vieron igualmente la Aparición. El resto de la gente vio solamente la nube a unos seis metros de altura. Los pies de la Señora se posaban sobre los adornos puestos sobre el arbusto.

Lucia abrió el diálogo, y preguntó a la Aparición quién era.

-Soy la Señora del Rosario. Deseo que en este lugar se levante una capilla en mi honor, que se continúe rezando el rosario todos los días. La guerra va a terminar y los soldados no demorarán en regresar a sus casas.

-¡Tendría que pedirle tantas cosas!

-Concederé unas, otras no

Y añade la Virgen del Rosario:

-Es preciso que los hombres se enmienden, que pidan perdón de su pecados. Que no ofendan más a Nuestro Señor, que ya es demasiado ofendido.

El rostro de la Aparición se entristeció al decir este mensaje; los niños sintieron en el fondo del alma el impacto de estas palabras y de esta Visión. La Virgen separó las manos, mientras el sol se hizo visible.

Mientras los videntes vieron visiones varias de la Sagrada Familia, sólo Lucia vio cómo Nuestro Señor bendijo a la multitud.

Lucia exclamó:

-¡Miren el sol!

La multitud vio iniciarse un sorprendente espectáculo. El sol se había aparecido en el cenit como un disco de plata que se podía mirar sin deslumbrarse. El disco era mate, pero lo rodeaba una corona brillante. La lluvia cesó de repente. El sol tembló, se sacudió bruscamente, dio vueltas sobre sí como una rueda de fuego. Proyectó en todas direcciones unos rayos de luz con colores cambiantes. Por efecto de esas variaciones, la tierra y el cielo, la gente y los árboles, adquirieron sucesivamente cada uno de los colores del arco iris. El sol se detuvo, y volvió a danzar con mayor resplandor. Se detuvo de nuevo. Inició nuevamente, más brillante y con nuevo colorido, el movimiento, y el juego de luces fue fenomenal, extraordinario, formidable, superior a todo cuanto el hombre puede crear en su imaginación e ingenio.

La muchedumbre tuvo la sensación de que el sol se desprendía del firmamento y se lanzaba sobre la tierra con pequeños saltos y vaivenes de derecha a izquierda, irradiando un color cada vez más intenso. La gente gritó:

-¡Milagro! ¡Virgen Santa! ¡Dios mío, misericordia...!

Los fieles sintieron la necesidad de hacer actos de fe, de rezar. Se arrodillaron en el barro y recitaron el acto de contrición. Entonces, el sol interrumpió su descenso, subió de nuevo zigzagueando y recuperó su brillo normal en el cielo limpio. La gente respiró, se levantó y rezó el credo.

La multitud avivó su fe; la gente se encomendaba a la Señora de Fátima y pedía perdón a Jesucristo por sus pecados. Entre los presentes, muchas personas que vivían en pencado prometieron confesarse y recomenzar la práctica de los sacramentos.

Los corresponsales de prensa que presenciaron los hechos en la Cova fueron hacia sus periódicos, para transmitir las noticias a Portugal y al mundo. Es notable la fidelidad a los hechos del reportaje de O Seculo hecho por el periodista Conrado de Almeida. El periódico era portavoz de la francmasonería y había sido muy sectario. Su objetividad le costó a Almeida ganarse algunos enemigos entre sus ex compañeros de ideas.

La historia y los videntes después del 13 de octubre de 1917 hasta 1925

Poco después del 13 de octubre, el 7 de noviembre de 1917, Lenin tomó el poder en San Petersburgo, Rusia. El comunismo (a partir de Rusia) empezaba a extender sus “errores”, como veremos más adelante.

El tiempo pasaba rápido. Francisco murió en Aljustrel, el 4 de abril de 1919. Jacinta murió en Lisboa, en un hospital, el 20 de febrero de 1920. A ella se le apareció la Virgen varias veces (le reveló cosas muy importantes, entre ellas que las personas que van al infierno se condenan sobre todo por los pecados de la carne). Ambos niños murieron en olor de santidad. Fueron muy mortificados, para desagraviar a los Sagrados Corazones de Jesús y de María por los pecados de la humanidad.

Lucia aprendió a leer, lo que le había pedido la Virgen, se hizo monja dorotea, residiendo en Túy, España y en Coimbra. Después fue monja carmelita y residió en Porto y Coimbra, relativamente cerca de Aljustrel. En 1950, recibí la gran gracia de Dios de visitarla en Coimbra, donde tuve la dicha de celebrar la misa y predicar la homilía, después de haber peregrinado a Aljustrel donde visité la casa de Francisco y Jacinta, que visite y vi la cama donde “Francisco morreu” y me obsequiaron con un trozo de su cubrecama y me hicieron una foto frente a su casa con sus padres y sobrinos y su sepulcro en Fátima . En su soledad estuvo interrumpida por varias apariciones de la Virgen.

LA VIRGEN PIDE LA DEVOCIÓN REPARADORA DE LOS CINCO PRIMEROS SÁBADOS

Los días10 de noviembre de 1925, en Túy, y el 15 de febrero de 1926, en Pontevedra (España), se le apareció la Virgen a Lucia y le dijo: “Mira, hija mía, mi corazón traspasado por las espinas que los hombres me clavan en todo el mundo, con sus blasfemias y su ingratitud. Tú, al menos, ven a consolarme; di a esos hombres que se confiesen y reciban la Sagrada Comunión los primeros sábados durante cinco meses, que recen el rosario y me hagan compañía durante quince minutos meditando los quince misterios del rosario. Yo prometo asistirles en la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para la salvación de su alma”.

LA VIRGEN PIDE LA CONSAGRACIÓN DE RUSIA

El día 13 de junio de 1929, en Túy, la Virgen le dijo a Lucia: “Ha llegado el momento en que Dios pide al Santo Padre, en unión con todos los obispos del mundo, la consagración de Rusia a mi Corazón Inmaculado, prometiéndole de este modo la salvación”.

Lucia hizo todo lo que le fue posible para llegar con sus peticiones a los obispos y al Papa. Pero no le fue fácil, tropezaba con desconfianza en la realidad de sus apariciones personales y con la burocratización inherente a una gran organización. De pronto, Lucia recibió autorización de la Virgen para contar esos encargos a su confesor. Pero tuvo que insistir, y consiguió escribir al obispo de su diócesis y al Papa. Durante muchos años, Sor Lucia intentó que los mensajes de la Virgen llegasen hasta el Papa. Pero el tiempo pasaba y los encargos de la Virgen se demoraban mientras Rusia, y otras naciones como España, se desangraban por la persecución a la Iglesia que pretendía eliminar físicamente a los cristianos.

Pío XII tomó la Consagración en serio y la hizo dos veces, sin conseguir más que bienes menores: no se cumplieron los requisitos puestos por la Virgen. El había sido ordenado obispo el 13 de mayo de 1917, día exacto de la primera aparición de la Virgen de Fátima. Además, había visto, desde Roma, el milagro del sol tal como debió verse en Fátima el 13 de octubre de 1917. No podemos dudar de su voluntad de hacer la Consagración de Rusia, como pedía la Virgen. Pero la cantidad de problemas que le acuciaban con motivo de las persecuciones y de la guerra, y la influencia de obispos y funcionarios del Vaticano de la línea liberacionista, que pensaban que el comunismo triunfaría totalmente y no era prudente desafiarlo, lo que se haría según ellos con la Consagración, motivaron que los esfuerzos del Papa no dieran sus frutos.

Paulo VI estuvo en Fátima un día, todo fue bien, pero cuando Sor Lucia lo abordó para hablarle de la Consagración pendiente, la cortó diciéndole: “Hable usted con su obispo”.

Los obispos portugueses hicieron lo que estaba a su alcance: permitir oficialmente el culto a Nuestra Señora de Fátima, invitar a la devoción de los cinco primeros sábados de mes pedida por la Virgen y consagrar Portugal desde Fátima a la Virgen el 13 de mayo de 1931. En esa consagración, prometieron que, si se evitaba a Portugal la guerra y las persecuciones religiosas que estaba sufriendo España, volverían a Fátima para dar las gracias a la Virgen, cosa que cumplieron en 1938.

LA SEÑAL APARECE, EN TIEMPO DE PÍO XI, ANUNCIANDO EL INICIO DE LA GRAN GUERRA

La noche del 24 al 25 de enero de 1938, siendo Papa Pío XI, apareció la señal en el cielo anunciada a los videntes de Fátima el 13 de julio de 1917: una luz desconocida, parecida a una aurora boreal, que se vio muy bien en Europa y en Marruecos. Fue un espectáculo sobrecogedor y extraordinario. En una zona española sometida al comunismo, donde no se podía hablar de Dios, la gente del pueblo interpretó el suceso como que venía la Gran Guerra, como había predicho la Virgen de Fátima.

En realidad la guerra empezó formalmente en septiembre de 1939, bajo el Pontífice Pío XII. Pero cuando en 1938, bajo el pontificado de Pío XI, se produjo la anexión forzosa de Austria a Alemania, la conferencia de Munich y la entrega del territorio de los sudestes a Hitler, la guerra estaba de hecho en marcha, aunque no formalmente declarada.

LOS ERRORES DE RUSIA

En 1917 empezaron en Rusia las persecuciones más inicuas y masivas de la historia contra los cristianos y su culto, un auténtico genocidio. El comunismo consideraba su primera prioridad terminar con el cristianismo, terminando físicamente con los cristianos. Todas las confesiones cristianas fueron brutalmente atropelladas, y naturalmente el mayor número de víctimas correspondió a la Iglesia Ortodoxa, que por cierto aguantó el martirio heroicamente. En los 70 años que ha durado el comunismo en Rusia –y luego en el conglomerado con otros pueblos llamado Unión Soviética- se puede razonablemente estimar (con datos incompletos) un número de 100 millones de muertos por la violencia comunista, muchas veces con tortura incluida. De ellos unos 40 millones pueden considerarse como mártires, muertos por odio a la fe cristiana. Es mucho en valores absolutos, y para un total inicial de población de unos 300 millones de personas, es también mucho, la tercera parte6.

Y si pensamos que la mayoría de asesinatos y torturas se produjeron desde 1917 hasta 1963, en que falleció Stalin, la “eficiencia” de la máquina comunista de matar es sorprendente. Todo valía: requisar las cosechas de los agricultores ucranianos para dominarlos y lograr que en un solo año murieran 8 millones a resultas de la provocada hambruna (llamada Holodomor) en 1932-1933. Llevar a millones de presos a Campos de Concentración (invento de los zares, muy empeorado por Lenin y Stalin) en vagones para ganado, sin ningún cuidado, y dejar a los que sobrevivían al viaje en algún lugar apartado más al norte del Círculo Polar, donde, a 60 grados bajo cero, en una ventisca morían los presos, los guardianes y hasta los perros. Eliminar violentamente y con torturas a 150 obispos (en 1917 contaban los ortodoxos con 147 obispos. Nombraron después otros que también fueron, en gran medida, asesinados). Muerte violenta sufrieron, además, unos 100 mil sacerdotes, y otros 100 mil monjes. Y los casi 40 millones de mártires ya citados.

Los ortodoxos tenían, en 1917, 80.000 iglesias y capillas. En 1939 quedaban 100 abiertas. En 1917 había 1.025 monasterios. En 1939 se podían contar con los dedos de una mano los que quedaban, y en condiciones muy difíciles. Cosas parecidas podrían decirse de los católicos, y de otras confesiones cristianas: los católicos disponían de 150 iglesias en 1917, y quedaron 2 abiertas en 1991.7

El soviético fue el primer estado moderno que implantó el aborto legal, en 1920. Con eso Lenin consiguió que las obreras no perdieran horas de trabajo por la maternidad. El mundo civilizado se horrorizó, pero con 60 años de retraso lo ha ido copiando al pie de la letra.

La siega de vidas valiosas fue una práctica tan criminal como demencial durante 70 años. No es de extrañar que esto se pague ya en este mundo, y que falte gente calificada en cantidad suficiente en la ex Unión Soviética. La vida de los sobrevivientes ha sido triste, dura. No valía la pena vivir, y menos aún transmitir la vida. La solución de muchos fue esperar la muerte y conformarse olvidándola a base de vodka, el típico licor ruso.

Y el comunismo ha procurado expansionarse: en España, donde el genocidio empezó y no llegó a consumarse por el escaso tiempo que duró allí el comunismo; en México, en China (donde las víctimas han sido otros cien millones de personas, aunque esto se nota menos que en Rusia porque China ha tenido alrededor de mil millones de habitantes); en Vietnam, en Corea del Norte, en Cuba, etc.

Juan Pablo II conoció de cerca las “ideologías del mal”, como las llamó: nazismo y comunismo. Consiguió sobrevivir al nazismo, que en tres años de dominar Polonia eliminó a tres millones de polacos cristianos, además de los judíos polacos y de otras nacionalidades, y el joven Karol Wojtila tuvo mucha suerte de no ser eliminado. Luego, llegó el comunismo, que mató creyentes al principio, y después encarceló y les hizo vivir en una guerra de nervios, tanto a la población creyente, como también a la no tan creyente.

LA VIRGEN PEREGRINA DE FÁTIMA

El escultor portugués José Ferreira Thedim ha tallado en madera varias imágenes de la Virgen de Fátima; las primeras que hizo fueron vistas por Sor Lucia y retocadas siguiendo sus observaciones. En 1959 había ya varias, una se quedó en Fátima (y le envió una corona real Pío XII, que ahora ostenta), y otras fueron a otros lugares, mientras dos de ellas hicieron viajes de ida y regreso como “peregrinas”: una fue a Europa y al este y otra al oeste, recibidas en todas partes con mucha alegría y devoción por los habitantes de las muchas naciones por donde pasaron.

La primera en viajar, en 1946, fue la imagen que estaba en Fátima, que se movilizó en peregrinación hasta Lisboa y regresó. Fue un viaje muy grato y muy devoto, no sólo para las personas que lo hicieron o vieron a la Virgen de paso, sino también por el episodio de las palomas. Al llegar al pueblo de Bombarral, dos palomas se acomodaron en el pedestal de la imagen, como haciéndole compañía. A pesar de los ruidos (campanas, petardos, aplausos, cohetes) las palomas no se movieron, y acompañaron a la Virgen hasta Lisboa. A veces levantaban vuelo, revoloteaban sin alejarse mucho y regresaban al pedestal. Al homenaje de esas palomas se sumaron otras. En Lisboa, dieron espectáculos imprevistos durante la Santa Misa, como que adoraran a la Hostia desde el dosel del altar. La Virgen regresó a Fátima con la compañía de sus palomas. Quedó amplia documentación gráfica. Las palomas se reemplazaban espontáneamente de modo que hubiera siempre dos o tres en el pedestal.

El fenómeno de las palomas se repitió en España en 1948, de donde soy testigo como Arcipreste de Montán, Castellón, cuya Parroquia visitó previa la preparación de una fervorosa Novena que prediqué en mi segundo año de sacerdocio. Francia... en los viajes de la Virgen Peregrina. Con otras palomas, al parecer.

 

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